Mi tránsito por la escuela primaria fue un tanto traumático debido al desconocimiento del español. Mis padres me habían enseñado el mixe. Era la única lengua que ellos hablaban en la casa, y por el tipo de trabajo que realizaban con mis abuelos no tuvieron la oportunidad de asistir a una escuela. Por tanto, ignoraban por completo el proceso de castellanización forzada que en aquel entonces imperaba en las escuelas rurales. Al cursar el tercer grado de primaria y debido a los constantes problemas económicos que se vivía en la familia, mi mamá optó por inscribirme en un internado que se había creado en Tamazulapam mixe. Allí proporcionaban alimentación y hospedaje, justo lo que necesitaba. Cada fin de semana visitaba a mi mamá, al llegar en la casa me decía: “En ese lugar lo tienes todo. Qué bueno que el gobierno todavía se acuerda de nosotros“. Sin embargo, desconocía la verdadera pesadilla que vivía en la escuela primaria, porque en aquel entonces, los docentes provenían de otros Estados de la República Mexicana: Tamaulipas, San Luis Potosí, Chihuahua, Nayarit, entre otros. Estos desconocían la lengua mixe, la lengua que utilizaba en distintos ámbitos de la comunidad: en la familia, en el trabajo, en los juegos infantiles, en los discursos rituales, en las fiestas anuales del pueblo, esto es, en todo momento.
Ahora que recuerdo, el primer obstáculo que enfrenté con los docentes fueron las explicaciones en torno a los ejercicios y actividades plasmadas en los libros de texto. Debo manifestar que no los entendía absolutamente nada. El español era totalmente ajeno al contexto en que estaba inmerso. Sin embargo, tenía que seguir en el aula, aunque no tuviera la menor idea de lo que sucedía en ella. Tenía que prestar atención al profesor sin saber lo que realmente trataba de decir e intentar leer los materiales impresos sin resultado alguno.
Para cursar la secundaria me inscribieron en el internado de Reyes Mantecón, Oaxaca, debido a la crisis eterna que vivía en el ámbito familiar. En este nuevo escenario escolar, mi situación lingüística se exacerbó más de lo que había experimentado en Tamazulapam, porque la escuela admitía a alumnos provenientes de distintos grupos étnicos existentes en el estado: zapotecos, chinantecos, mixtecos, mixes, chatinos, huaves, entre otros. Y a pesar de ser hablantes de éstas lenguas indígenas, casi todos los escolares en sus conversaciones predominaban el español; mientras que nosotros para comunicarnos (mi hermano y yo) obligatoriamente teníamos que utilizar el mixe. Era como si fuera parte de nuestro cuerpo, por ende, resultaba imposible desprendernos de ella. En este sentido, mi situación lingüística fue más conflictiva con los propios estudiantes, y, en menor grado con los docentes.
En el transcurso de los años, esta situación lingüística se tornó en una tensión insoportable, porque no podía dejar de hablar en mixe mientras que el entorno y el contexto exigían y requerían el uso del español, tanto en las situaciones conversacionales con los escolares así como también con los trabajos encomendados por los docentes. Parecía que me encontraba en un laberinto, sin salida alguna, y por doquier escuchaba a personas hablando en español. Entonces, esto me llevó a mirar con odio a los demás, y la mitad de ese odio lo guardaba para mí, porque pensaba que nunca hubiera tomado el camino que conducía a la escuela y menos aún haber dejado el mundo mixe. Día y noche estaban presentes éstas ideas. Cuando ya se acercaba el periodo de vacaciones, todo mi pensamiento se concentraba en regresar a mi casa, y ¿por qué no? tal vez trataría de persuadir a mi madre para ya no volver jamás a la escuela. Pero eran esfuerzos inútiles, porque ella repetía las mismas frases que antes: “Esa escuela es lo mejor para ti”. No había otra respuesta. Finalmente, volvía al infierno tan temido: la escuela.
Durante mi permanencia en el internado y al concluir la secundaria, parcialmente había triunfado el español, como resultado de las interacciones y el hecho de estar inmerso en una escuela donde la única lengua válida para la comunicación era el español. Me había sometido a las reglas del internado y las de mis compañeros. Una de ellas era precisamente aprender a hablar el español, y sin lugar a dudas lo hablaba mal, pero tenía que ser de esa manera, porque las consecuencias resultaban más dramáticas. Así pues, intentaba comunicarme en español con los demás, pero había algo en mí que no me permitía hablar con seguridad, sentía que me habían aplastado y arrancado los brazos al no utilizar el mixe; que estaba como deforme, que me faltaba algo, algo que me hacía sentir completo, como ser humano. Si aún viviera en las montañas, hubiese seguido soñando en mixe; ahora solamente quedan los recuerdos, la nostalgia y la insoportable indiferencia hacia el México profundo. ¿Será posible regresar en el tiempo para recuperar mis sueños de la infancia? ¿Qué sueños podría soñarse en las grandes urbes y en qué lengua? No queda nada de mí, salvo una cosa: redactar en español los sueños perdidos en mixe.